La sima de los horrores, la sima de Iguzkiza

Este es un pequeño vídeo de uno de los lugares mas misteriosos y que mas pavor causaban a finales del siglo XIX, que visitamos este fin de semana porque su historia nos dejo perplejos.

Dicen que conociendo el pasado podemos entender el presente.

Adjunto un articulo del Diario de Navarra en el que relata la historia de este lugar:

Según dicen los geólogos, el término de Igúzquiza está situado encima de una gran falla que empieza en este rincón de Tierra Estella y va hasta la ciudad francesa de Dax. 

Ello, unido a la peculiar estructura geológica de la zona (diapirismo) explica el caprichoso comportamiento que tiene aquí la corteza terrestre. 

“Aquí, viene un nublado y te abre un pozo en medio de la finca en cuestión de horas”, dice Ramón Abrego, agricultor jubilado de 76 años. 

“Algunos de estos agujeros los hemos cubierto los propios labradores, echando tierra y piedras, pero hay algunas simas tan grandes que resulta imposible taparlas. Este es el caso de la sima de los Tordos, del hoyo Redondo, del pozo de Arbeiza o de la propia sima de Igúzquiza.

Esta última se hizo famosa a finales del siglo XIX por las baladronadas de un soldado carlista, apodado Jergón, que se jactaba de haber arrojado allí a varias personas de ideología liberal. 

Aquel personaje se llamaba en realidad Ezequiel Lorente, y había combatido junto al guerrillero Rosas Samaniego en la tercera guerra carlista. 

Al término de esta, Jergón fue acusado de “asesinar sin piedad, ni temor de Dios a jóvenes de 15 y 18 años, hombres en la mejor edad de su vida, ancianos casi decrépitos, y a doncellas de 22 años, sepultándolas en los insondables abismos de la sima de Igúzquiza, unas veces después de muertas, otras mal heridas y otras vivas, sin más motivo que leves sospechas de que eran de opinión liberal o que habían conducido algún parte”. 

Entre las acusaciones más fuertes figuraba la de haberse comido “una sartén llena de orejas fritas cortadas a personas vivas que después tiraba a la sima”. 

También solía decirse que por cada guiri ( liberal) que mataba, Ezequiel le daba una vuelta a la pernera de su pantalón. 

Por todo ello, Jergón fue condenado a morir fusilado junto a la sima.

Sea como fuere, la enorme fosa de Igúzquiza ha pasado a la historia como uno de los lugares más tétricos y legendarios de Tierra Estella. 

Situada a unos 600 metros del pueblo, la sima tenía en 1877 trece metros de diámetro y 91 de profundidad, de los cuales veintiséis correspondían al agua que existe en el fondo”. 

Ochenta años después, el profesor Adolfo Eraso estudió la sima de nuevo y constató que había aumentado su boca (ya tenía 15 por 25 metros), y había menguado su profundidad (64 metros), debido seguramente a posteriores hundimientos. 

Hoy, han podido variar algo sus proporciones, pero la sima conserva su forma elíptica, y también los tres enormes hoyos ( o dolinas) que componen su entorno más próximo. Aunque la empalizada que protege su acceso desde el camino le quita hoy el tenebrismo que le atribuían los escritores decimonónicos, la sima conserva la aureola mágica que le otorga la geología de la zona. 

En Igúzquiza suele decirse que esta sima y las dolinas del entorno tienen un peculiar microclima. 

Ello hace que crezcan especies propias de otras latitudes más húmedas, como robles, avellanos y bojes.

Pero lo que más llama la atención es el comportamiento caprichoso de la tierra. Un círculo de agua.

Hace unos veinte años,el agricultor Paulino Lizarraga, terminó de labrar una pieza que tenía en Arbeiza, cerca del límite con Igúzquiza, y al volver al día siguiente para pasar la rastra se encontró una sima enorme, de varios metros de anchura y profundidad. “Aquí, todo tiene que ver con la falla y con el diapiro de Estella”, dice Ramón Abrego. “Estos son los que han provocado las citadas simas, la fuente de agua salada de Estella, la balsa de Ayegui y el pozo de Arbeiza”. 

Este último es el más antiguo de todos estos fenómenos, y a diferencia de la famosa sima de Igúzquiza, se encuentra cubierto de agua como si fuera un pequeño lago. 

Cuenta la leyenda que aquí, junto al río Ega, pero en término de Igúzquiza, había un palacio habitado por un señor malvado. 

Un día de primavera, al palacio ligado quizás en la memoria popular a la mansión palaciega de los Vélaz de Medrano se lo tragó la tierra, y quedó solo este lago misterioso de cincuenta metros de diámetro. 

“Nuestros padres decían que no había que bañarse en él porque en medio había un remolino que te tragaba, pero de críos nos hemos metido y no ha pasado nada”, recuerda Abrego. 

Lo que suele decirse también es que este pozo está conectado subterráneamente con la sima de Igúzquiza y con la balsa de Ayegui o Zulandía. 

Cuando ésta última se llena de agua y cubre los regadíos circundantes, la leyenda afirma que se avecinan desastres o calamidades públicas. 

Dicen que así pasó al menos en vísperas de la primera guerra mundial.


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